El origen real de la manufactura automotriz
En el contexto actual de la transición hacia la movilidad eléctrica, el proyecto Zacua ha ganado notoriedad como una propuesta de ensamblaje nacional con sede en Puebla. Sin embargo, un análisis detallado de su modelo de negocio revela que, si bien el producto final ostenta el sello de “Hecho en México”, su origen tecnológico y estructural dista de ser un desarrollo nacional. La firma opera bajo un esquema de importación de componentes clave, incluyendo carrocería, tren motriz e ingeniería, provenientes del fabricante francés Automobiles Chatenet, específicamente del modelo CH46. Los ajustes realizados en territorio nacional se limitan a modificaciones estéticas menores en el frente y la integración de emblemas propios, lo que plantea interrogantes sobre la distinción entre un vehículo ensamblado en el país y uno de diseño e ingeniería mexicana.
La normativa y el sello de origen
La etiqueta “Hecho en México” que portan estos vehículos responde a la normativa vigente, la cual permite otorgar dicho distintivo a bienes que son manufacturados o ensamblados en territorio nacional, cumpliendo con las reglas de origen establecidas por las autoridades. Este fenómeno no es exclusivo de la industria automotriz, pues casos similares se han documentado en otros sectores, como el de las motocicletas Bajaj en Toluca. No obstante, la marca ha promovido su proceso de ensamblaje como “artesanal” al realizarse a mano, una descripción que, según expertos, debe interpretarse con cautela, ya que el trabajo manual en las líneas de producción es una práctica común en la industria global y no necesariamente implica una manufactura artesanal en el sentido estricto del término.
Especificaciones técnicas y desempeño urbano
Desde una perspectiva operativa, los modelos MX2 y MX3 están diseñados específicamente para la movilidad urbana. Con dimensiones compactas de 3.06 metros de largo y un peso de 685 kilogramos, ofrecen una maniobrabilidad optimizada para entornos metropolitanos densos. En cuanto a su mecánica, incorporan una batería de litio-ferrofosfato de 18 kWh y un motor eléctrico de imanes permanentes que genera 45.6 caballos de fuerza. Estas especificaciones permiten una autonomía de 200 kilómetros por carga y una velocidad máxima limitada a 85 kilómetros por hora, características que cumplen con los requerimientos básicos para el desplazamiento en ciudades con tráfico complejo y espacios de estacionamiento reducidos.
Análisis de competitividad en el mercado
El principal desafío que enfrenta esta propuesta es su posicionamiento de precio frente a la creciente oferta de vehículos eléctricos en el mercado mexicano. Con un costo de lista de 599,900 pesos, el vehículo se sitúa por encima de competidores directos que ofrecen capacidades similares o superiores. Modelos como el BYD Dolphin Mini, el Geely EX2 o el JAC EX10 —este último también ensamblado en México— presentan precios significativamente más bajos, lo que coloca a la marca en una posición de desventaja competitiva. La disparidad de precios, sumada a la naturaleza de su origen tecnológico, obliga a los consumidores a evaluar si el valor agregado del ensamblaje local justifica la inversión frente a alternativas internacionales que dominan el segmento de entrada de la electromovilidad.
